04
mar
11

Un vecino ruidoso

Durante casi dos meses me despertó una estación de radio que se encendía puntualmente a las 5:00 de la mañana, y se apagaba después de tocar cuatro canciones. Esto hacía suponer que la radio cumplía la función de despertador. La música no tenía un volumen muy alto pero sí la suficiente potencia como para provocar un despertar abrupto e impedirme conciliar el sueño nuevamente, además de producir vibraciones en las paredes de mi recámara que incrementaban el malestar. Con el ánimo de solucionar el problema, mi marido y yo comenzamos a buscar al responsable, búsqueda que devino más agotadora que el problema mismo. Ningún otro vecino la escuchaba. ¿Cómo era posible que algo tan notorio pasara desapercibido para los demás? El sonido parecía venir de todos lados pero no se ubicaba en ninguna parte, salimos a la calle pero ningún sonido venía de afuera y desde ahí el edificio lucía silencioso.

Una madrugada, al sonar el radio-despertador, mi marido pegó el oído al piso y descubrió que la música provenía del departamento de abajo, de una recámara que sólo colindaba con nuestra casa. Con base en la supuesta buena relación que teníamos con la vecina de abajo (suposición que descansaba en sonrisas y saludos cordiales que nos dirigíamos al encontrarnos en el pasillo), decidió bajar a explicarle el problema y solicitarle —por favor—que moderara el volumen, petición que tuvo una negativa y dos respuestas: “estoy en mi casa y puedo hacer lo que quiera” y “yo no me quejo del ruido que hacen ustedes y todos los demás”.

Si destaco esta historia es porque nos permite comprender varios elementos de análisis en torno al problema del ruido y la socialidad urbana. En primera instancia aparece el hecho de que en cualquier problema las partes involucradas —el agresor y el agredido— parecen tener razón. Un argumento que a todas luces parece incuestionable es la libertad de acción que deriva de la posesión de un espacio privado. Si la privacidad es una conquista, ¿qué derecho tiene el otro de criticar mis hábitos, de decirme qué puedo y qué no puedo hacer en mi propio espacio, de tratar de imponer su parecer sobre el mío? Si concedemos completa razón a este argumento tendríamos un grave problema, pues cualquier espacio de cohabitación se volvería un territorio de nadie.

La idea de que en mi casa no puedo hacer exactamente lo que me venga gana no coincide con los ideales del modo de vida urbano. Recordemos que la ciudad es una gran promotora de la individualidad, pues ofrece al urbanita la posibilidad de liberarse de las ataduras de las sociedades estructuradas a partir de los valores comunitarios que reprimen al individuo a favor del bien común. Sin embargo, a través del análisis de situaciones como la recién descrita, veremos que la ciudad es uno de los espacios en donde más se requieren acciones solidarias, un amplio entendimiento y la capacidad de considerar al otro.

Debemos de poner al lector en el antecedente de la penosa ubicación del departamento mencionado. A la derecha colinda con el patio de bombas del edificio, capaces de desquiciar al más paciente y tras el cual se encuentran las ventanas traseras de tres locales comerciales que pertenecen a la misma construcción: una panadería que acciona su batidora a las 4 de la mañana y que los domingos trabaja toda la noche para tener el pan listo el lunes por la mañana, una taquería ya convertida en bar y que en consecuencia produce el bullicio propio de esta clase de negocios, y un tercer local que al momento en que escribo se halla en una molesta y ya larga remodelación. A la izquierda limita con un departamento cuyos ocupantes, sin importar el día y la hora, siempre están de fiesta; por la parte trasera —al igual que todos los departamentos— limita con un estacionamiento que comienza a funcionar poco antes de las 5 de la mañana, momento que los vendedores ambulantes comienzan a sacar sus puestos móviles, sin olvidar las constantes alarmas de los automóviles que se accionan a cada rato ‘por accidente’.

La ocupante del departamento jamás se ha quejado de estas molestias, pero bastó con tocar a su puerta y pedirle moderación para que desatara toda su furia y vertiera todo el enojo que suponemos había guardado durante largo tiempo. Como bien apuntaba Simmel, la ciudad nos sobreestimula y al recargar nuestros nervios nos hace intolerantes y muy susceptibles; una natural protección es reprimirnos ante lo que parece la imposibilidad de controlar nuestro alrededor, de luchar y tratar de ganarle al gigante. La atrofia de los sentidos se suele tomar como una adaptación al entorno urbano, aunque en realidad nos conduce a un estado agresivo-pasivo que, como ya vimos, se detona con la más mínima provocación.

En situaciones como la recién descrita el ruido se vuelve parte de un círculo vicioso. Es muy probable que para la chica que habita este departamento la música sea una manera de disfrazar medianamente el ruido a su alrededor y de hacer más llevadera la vida en su casa; por ello podemos pensar que tomará como suyo el derecho de hacer ruido tal y como hacen los demás. La ocupante de este departamento pensará que si ella ha aguantado tanto tiempo las incesantes molestias de su alrededor, ¿por qué el otro no puede aguantar su música que probablemente sea menos molesta que el bar, los martillos o las alarmas? La respuesta a la larga nos llevaría a un cuento de nunca acabar: nosotros nos quejamos de la música como uno más de los motivos que merman nuestra tranquilidad, pues además de escuchar ese despertador ajeno tenemos que lidiar con los vecinos de arriba, con el de abajo, con los de a lado, con gente que tampoco está dispuesta a ceder ante lo que considera su derecho de ser, hacer y estar que le da el tener un espacio ‘propio’. Lo más probable es que el agraviado de esta historia —es decir, yo— sea, a su vez, responsable de agraviar con sus emisiones sonoras a los demás.

Es necesario apuntar que a partir de aquel encuentro, nuestra vecina se afanó por escuchar la música con volúmenes más altos y por más tiempo del que acostumbraba. La lección aprendida es que resulta más conveniente contenerse que tratar de conciliar con los vecinos. Situaciones como la aquí descrita, evidencian la dificultad de las personas de negociar el bienestar, de ponerse de acuerdo, de comunicarse. Los implicados sólo están dispuestos a dar la cara en pleitos vecinales, cuando la situación se ha tornado insoportable, cuando las partes explotan y el problema se desborda hasta llegar a las agresiones, a los juicios, al surgimiento de profundas enemistades o a graves problemas de salud. Lo anterior es evidente en muchos de los casos de denuncias por ruido interpuestos ante la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial del Distrito Federal y la Procuraduría Social que reportan coléricas batallas vecinales. Algunas de estas situaciones, antes de llegar a cualquiera de las procuradurías, han tratado de ser resueltas cara a cara, tocando a la puerta del vecino, exponiendo el problema al agresor y pidiendo su cooperación para solucionarlo; sin embargo, podemos intuir que dichos intentos sirven de muy poco. Resulta curioso observar que la sanción impuesta al responsable suele ser la misma que solicitaba el agraviado: bajar el volumen, ajustar sus horarios o modificar ciertos hábitos. ¿Por qué necesitamos un tercero que medie nuestras relaciones vecinales? ¿Por qué simplemente no podemos tocar la puerta del vecino y pedir su comprensión (y al mismo tiempo ser capaces de tenerla)?

Bien decía Simmel que en la ciudad la lucha del hombre contra la naturaleza se vuelve una lucha del hombre contra el hombre. Al centro de esta discusión sobre el ruido como propiciador del conflicto en la vida vecinal está el asunto de la convivencia, fenómeno fundador del universo social. Tal parece que el problema en la ciudad es vivir cerca de la gente, así lo demuestran una gran cantidad de testimonios que narran conflictos por ruido, en donde “el vecino nomás está para dar problemas”. Intuimos, sin embargo, que el verdadero problema no es tanto vivir unos junto a otros, sino no saber vivir con los demás.

 

16
feb
11

Sonido-ruido: música de la Revolución Industrial

A principios del siglo XX nace en Italia el Futurismo, movimiento artístico encabezado por el poeta Tommaso Marinetti  y cuyos alcances se extendieron a diversas formas de expresión artística  fascinadas por el dinamismo del mundo moderno. Los principios del Futurismo aparecen publicados en Le Figaro el 20 de febrero de 1909, bajo el nombre de “Manifiesto futurista”, cuyas primeras líneas  versan así:

Cantaremos a las grandes muchedumbres agitadas por el trabajo, el placer o la rebeldía, las resacas multicolores y polífonas de las revoluciones en las capitales modernas: la vibración nocturna de los arsenales y de los almacenes bajo sus violentas lunas eléctricas, las estaciones ahitas, pobladas de serpientes atezadas y humosas, las fábricas suspendidas de las nubes por el bramante de sus chimeneas; los puentes parecidos al salto de un gigante sobre la cuchillería diabólica y mortal de los ríos, los barcos aventureros olfateando siempre el horizonte, las locomotoras en su gran chiquero, que piafan sobre los rieles, bridadas por largos tubos fatalizados, y el vuelo alto de los aeroplanos, en los que la hélice hace chasquidos de banderolas y de salvas de aplausos, salvas calurosas de cien muchedumbres.

La vertiente musical de este movimiento fue encabezada por el pintor Luigi Russolo —considerado uno de los primeros teóricos de la música electrónica— quien publica los preceptos de la música futurista en 1913 bajo el título de L’arte dei rumori (“El arte de los ruidos”). Russolo considera que la llegada del ruido marca un nuevo episodio en la historia de la música, al renovar la gama de sonidos y con ello las viejas estructuras puras y de armonías suaves de la música que le antecede. “La vida antigua —dice Russolo— fue toda silencio. En el siglo diecinueve, con la invención de las máquinas, nació el ruido. Hoy el ruido triunfa y domina soberano sobre la sensibilidad de los hombres […] la máquina ha creado hoy tal variedad y concurrencia de ruidos, que el sonido puro, en su exigüidad y monotonía, ha dejado de suscitar emoción”. Los futuristas piensan que la música, al igual que el resto de las expresiones artísticas, adolecen de cansancio, por eso es necesario provocar al oído, enfrentarlo de manera consciente y atenta a su realidad histórica, remitirlo “brutalmente a la vida”, y nada mejor que el ruido con su fuerza, confusión e irregularidad para volver a emocionar al ser humano.

El arte musical de los futuristas es definido por Russolo como ‘sonido-ruido’, es decir, una música compleja y disonante que amalgama los sonidos más variados, extraños y hoscos producidos por la vida corriente de la modernidad:

Salgamos, puesto que no podremos frenar por mucho tiempo en nosotros el deseo de crear al fin una nueva realidad musical con una amplia distribución de bofetadas sonoras […] Atravesemos una gran capital moderna, con los oídos más atentos que los ojos, y disfrutaremos distinguiendo los reflujos de agua, de aire o de gas en los tubos metálicos, el rugido de los motores que bufan y pulsan con una animalidad indiscutible, el palpitar de las válvulas, el vaivén de los pistones, las estridencias de las sierras mecánicas, los saltos del tranvía en los rieles, el restallar de las fustas, el tremolar de los toldos y las banderas. Nos divertiremos orquestando idealmente juntos el estruendo de las persianas de las tiendas, las sacudidas de las puertas, el rumor y el pataleo de las multitudes, los diferentes bullicios de las estaciones, de las fraguas, de las hilanderías, de las tipografías, de las centrales eléctricas y de los ferrocarriles subterráneos.

Los músicos futuristas, también conocidos como ‘ruidistas’, se dan a la tarea de explorar artística y científicamente al ruido:  lo clasifican en seis familias (1: estruendos, truenos, explosiones, barboteos, golpes y bramidos; 2: silbidos, pitidos y bufidos; 3: susurros, murmullos, refunfuños, rumores y gorgoteos; 4: estridencias, chirridos, crujidos, zumbidos, crepitaciones y fricciones; 5: ruidos obtenidos por la percusión sobre metales, maderas, piedras y pieles; 6: voces, gritos, chillidos, gemidos, risotadas y estertores de hombres y animales), inventan mecanismos para recrear sonidos industriales (aullador, zumbador, crepitador, gorgoteador, estruendor, explotador y frotador) y fusionan musicalmente los ruidos en piezas que son una suerte de banda sonora que combina los sonidos de la vida cotidiana de la época industrial.

Los ruidistas advierten demasiado temprano el encanto que algunos años más tarde habría de ejercer el ensordecimiento, la potencia y las experiencias sonoras extremas, y digo temprano porque su propuesta parece no haber encontrado muchos seguidores en su época, tal como lo señala Russolo al hablar del único inconveniente que encuentra en los conciertos: “la brutalidad del público que no quiere escuchar”. Podemos considerar revolucionaria la música futurista por haber abierto los oídos en una época en donde la mayoría pretendía cerrarlos, y por haber convertido en arte a un deshecho industrial.

Escuchemos “Corale” pieza compuesta por Luigi Russolo en 1921 e interpretada con ayuda un magnífico aparato de creación futurista: el intonarumori.

02
feb
11

Legislación sobre el ruido en el Distrito Federal

El espacio se disputa en la ciudad porque es el bien más valioso y el recurso más encarecido. El uso de las banquetas, el estacionamiento en la vía pública, la ocupación de las plazas y parques, el cierre de avenidas, la basura en la calle, el conflicto entre conductores y peatones y de manera reciente e incipiente entre los automovilistas y ciclistas, la proliferación de los vendedores ambulantes, el descuido de las áreas comunes en los condominios, los eludidos gastos de mantenimiento y el horario de las fiestas: todos estos conflictos se remiten, en general, a los desacuerdos generados por el dominio y el uso del espacio público —e inevitablemente al espacio privado por estar ambas entidades indisolublemente implicadas en una relación de estira y afloja.

Esta condición también se hace presente en las relaciones mediadas por el sonido, tal como lo describe Murray Schafer en Le paysage sonore. Schafer utiliza el término de ‘imperialismo’ para referir al fenómeno expansivo del ruido —como producto de la dominación de Occidente a través de las máquinas— durante la Revolución industrial. Dice Schafer que así como una ideología dominante se expande y somete sistemas de valores diferentes, el ruido —propiamente la potencia sonora — también se impuso sobre el paisaje sonoro de la época, invadiendo el espacio con su estruendo, superponiéndose a sonidos anteriores y en muchos casos haciéndolos desaparecer. Schafer ejemplifica así su idea:

Un hombre, por ejemplo, es más imperialista con un altoparlante que sin él, porque éste le permite dominar un espacio acústico más amplio. Un obrero con una pala no tiene nada de imperialista, pero lo llegará a ser con un martillo automático que le da el poder de irrumpir en las actividades del vecindario y de imponer su ley. [1979: 113-114]

Desde esta perspectiva, el ruido como problema social se puede comprender como una lucha por el espacio acústico, en donde una de las partes impone su esfera sonora sobre otra y la otra queda sometida a través de lo que considera un intrusión. Así, el espacio sonoro de la ciudad deviene terreno político al volverse un escenario de rivalidades, en donde se disputa la posesión de un espacio y los derechos sobre el mismo. Esta perspectiva configura un discurso sobre el ruido desde el Derecho, disciplina encaminada a la construcción de la normalidad y a la resolución de conflictos.

A continuación se presentan una serie de enlaces en donde se pueden consultar las leyes relacionadas con el ruido, y que enfocan el problema desde la salud, el derecho al espacio público, el conflicto y la convivencia.

• LEY AMBIENTAL DEL DISTRITO FEDERAL

http://www.prosoc.df.gob.mx/transparencia/fraccion_i/leyes/leyamdf.pdf

LEY DE PROPIEDAD EN CONDOMINIO DE INMUEBLES PARA EL DISTRITO FEDERAL

http://www.prosoc.df.gob.mx/transparencia/fraccion_i/leyes/leyc2003.pdf

LEY DE CULTURA CÍVICA DEL DISTRITO FEDERAL

http://www.prosoc.df.gob.mx/transparencia/fraccion_i/leyes/leyccivicadf.pdf

LEY DE PUBLICIDAD EXTERIOR DEL DISTRITO FEDERAL

http://www.paot.org.mx/centro/leyes/df/pdf/LEYES_AMBIENTALES_DF_PDF/LEY_PUBLICIDAD_EXTERIOR_20_08_2010.pdf

LEY DE SALUD DEL DISTRITO FEDERAL

http://www.paot.org.mx/centro/leyes/df/pdf/LEYES_AMBIENTALES_DF_PDF/LEY_SALUD_30_11_2010.pdf

LEY DE TRANSPORTE Y VIALIDAD DEL DISTRITO FEDERAL

http://www.paot.org.mx/centro/leyes/df/pdf/LEYES_AMBIENTALES_DF_PDF/LEY_TRANSPORTE_Y_VIALIDAD_13_04_2009.pdf

LEY PARA EL FUNCIONAMIENTO DE ESTABLECIMIENTOS MERCANTILES DEL DISTRITO FEDERAL

http://www.paot.org.mx/centro/leyes/df/pdf/func_establecimientos_mercantiles.pdf

NORMA OFICIAL MEXICANA QUE ESTABLECE LOS LÍMITES MÁXIMOS PERMISIBLES DE EMISIONES DE RUIDO DE  LAS FUENTES FIJAS Y SU MÉTODO DE MEDICIÓN

http://www.sma.df.gob.mx/tsai/archivos/pdf/12nom-081-ecol-1994.pdf

20
ene
11

¿Por qué el ruido es ruido?

Durante mi trabajo de campo entrevisté a una mujer cuya casa colinda con el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Al preguntarle si el tráfico —despegue y aterrizaje— de los aviones le quitaba el sueño me respondió que no; me contó, sin embargo, que cuando visitaba a sus suegros le era imposible conciliar el sueño a causa del tic-tac de un reloj de péndulo que tenían en casa.  Este aparente absurdo ilustra muy bien la compleja lógica de nuestro fenómeno.

¿Qué es lo que hace que un sonido cualquiera se convierta en ruido? El intento más perseverante por responder a esta pregunta es el desarrollado desde las ciencias naturales, particularmente la Física y la Medicina. Desde esta perspectiva  cualquier fenómeno audible de alta intensidad será considerado como ruido. Si bien existe un umbral de audición, también es cierto que en tanto éste no sea rebasado —hecho que ocasionaría dolor y una reacción negativa inmediata— no existe un acuerdo con respecto a lo que es un ‘volumen adecuado’: lo que para unos es un espantoso estruendo, para otros podría ser un deleite a los oídos, ¿o cómo explicar las posiciones encontradas al respecto de un concierto de rock o el rugido de una motocicleta?

Si bien este enfoque concreto del ruido ha contribuido  a la amplia comprensión del maravilloso y delicado sistema auditivo, su explicación resulta insuficiente por no conceder al individuo una participación activa en el juego de la escucha.  El sistema auditivo, como el resto de los mecanismos sensoriales, no sólo trabaja como receptor, sino que además es partícipe de la complejidad emotiva, creativa y social que rige la existencia del ser humano.  El sonido penetra nuestro cuerpo pero también penetra nuestra mente: una canción se convierte en recuerdo, el rechinar de una puerta deviene evocación cuando nos lleva a la casa de nuestra infancia, los martillazos a medianoche adquieren el rostro del vecino que lo provoca.

Nos acercamos así a lugar en donde, presiento, el ruido encuentra su naturaleza: la subjetividad., es decir, el juicio del sujeto. Desde esta perspectiva el valor de un sonido estará determinado por lo que cada quien perciba como incómodo o confortable, hecho que, a su vez, dependerá de las circunstancias de su aparición. Por esta razón, la evaluación de la cualidad de los sonidos no sólo variará de una persona a otra, sino que incluso será cambiante para la misma persona. A partir de esta idea podemos comprender, por ejemplo, que una fiesta de vecinos nos moleste más un martes que un sábado, o que no nos moleste entre semana si es que estamos invitados a ella; o que muchas veces el enojo por el pregón de los vendedores del Metro devenga en placer si la música que programan es de nuestro agrado, o que se acepte con resignación el caos de la ciudad el lunes por la mañana pero no en domingo.

¿Qué es entonces el ruido? Juzga, lector, por ti mismo:

Los malditos vendedores ambulantes de cd’s piratas y sus bocinas estéreo de 3 mil watts. Si tienes la mala suerte de alcanzar lugar en el asiento que está en el pasillo ya te chingaste, porque pasa el vendedor con la bocina y te pega el sonido en los oídos. [Judas en Vivir México, 18/05/2009]

En tu casa quieres sentirte cómodo, porque el ruido no te hace sentir cómodo, siempre estás constantemente agredido, el ruido te agrede. Entonces llegas a tu casa y dices “quiero estar cómodo” y pues la Ali Guagua vivía aquí, era de las Ultrasónicas. Le daba por hacer pura fiestecita; era de cada ocho días, a veces empezaba el viernes a las 9 de la noche y terminaba domingo a las 6 de la tarde[…]Era espantoso. Era una cadena que no se terminaba, o sea, de por sí tienes muchas cosas que resolver, tienes conflictos, y agrégale a eso que no estás en tu lugar cómodamente. [Bernardo G., entrevista, 2008]

Con el ruido del vecino es imposible elegir la clase de música que deseamos escuchar en casa o, por ejemplo, disfrutar un buen programa de televisión, ¡nada más puedes ver la imagen acompañada del ruido del vecino! [Anónimo en Answers yahoo]

En la Avenida 553, a espaldas de la secundaria técnica núm. 41 Alfonso Sierra Partida se estableció un vendedor ambulante que expende jugos de frutas. Ahora ha expandido su ilegal negocio a la venta de discos, por lo que para llamar la atención opera un aparato de sonido el cual pone a todo volumen, ocasionando con ello que los maestros y alumnos de la secundaria pierdan la concentración. [Yolanda C. en Ciudadanos en red, 08/09/2009]

Cuando uno sale de una jornada de trabajo difícil y va tranquilamente en su coche dispuesto a descansar y te tocan el claxon de esa forma dan ganas de matar a alguien […] ese tipo de sonido es insoportable.  [MA en Ciudadanos en red, 30/03/2009]

Las personas que vivimos cerca de un antro perturban nuestro sueño, por ende nuestra calidad de vida se ve afectada, no sólo por el ruido de la música sino también por el de los clientes alcoholizados y escandalosos ¡¡¡POR FAVOR DÉJENNOS DORMIR!!!  [Eloísa A. en ciudadanos en red, 17/03/2010]

Vivo en una casa donde las paredes son compartidas con las del vecino. Mi recámara está pared con pared y son un matrimonio muy inmoral. Ella grita peor que cualquier película porno y se escucha exageradamente en toda la calle, pero obvio más en mi casa. [Anónimo en Answers yahoo]

 

Estos ciudadanos testimonios nos muestran que un sonido molesta porque invade un espacio que se considera privado, ya sea que se trate de nuestra casa, nuestro cuerpo, nuestro coche, o de entidades menos concretas que representan los valores de la intimidad como la rutina, el confort, el pudor, la tranquilidad o los momentos de trabajo y concentración. Es precisamente esta capacidad de intromisión, esta cualidad de no invitado, la que convierte a un sonido cualquiera en ruido, el cual, a partir de este momento, definiremos como: un intruso sonoro que traspasa los límites de nuestra privacidad, se impone sobre nuestra disposición del mundo y amenaza el equilibrio de nuestra esfera privada produciendo sentimientos de incomodidad  y ansiedad.




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